31.8.09

Cuadrante


Pues este año no ha tocado reforma veraniega, lo creáis o no.
Este año al llegar el verano no se ha propuesto la modificación del medio ambiente habitual (Me refiero a la otra mitad del ambiente, no la que está jodida con el cambio climático, La de la puerta del jardín para adentro, vamos).
Os preguntaréis ¿Qué ha sido de la energía acumulada por meses de invierno, encierro y ahorro?¿Qué ha sido de esa fuerza natural del cambio de las cosas?¿Se habrá disipado con el calentamiento global como la terrible fuerza de la lengua de un glaciar en época de deshielo?
No, compañeros de desconcierto, ha sido canalizada, redirigida, sublimada, desviada hacia otra terrible circunstancia vital. Casi tan terrible como la subscripción mensual a "Casa y Jardín": El Cuadrante.
La hiperactividad vital de mi mujer ha sido desviada al espacio exterior. En casa no había suficiente espacio, trabajo, tarea o distracción para ella.

-"¡Necesito algo más en mi vida!" -fue el grito que empezó a lanzar en las tranquilas tardes de invierno, cuando sentados frente a la estufa, perdón chimenea, con un buen libro en las manos y el sonido de las consolas de los niños en sus habitaciones diciéndote que su educación iba por buen camino, te permitías a creer que todo iba bien en tu vida.

-"Cariño... Ahora no podemos hacer la reforma, sea la que sea, que no tenemos dinero..." -dices por puro reflejo, ganándote la mirada tipo "Desdeluegoesquenoteenterasdenada", clase Uno A+.

-"¿Quién habla de reformas?" -pregunta y antes de que te de tiempo a decir "Normalmente tú", demuestra que la pregunta era retórica añadiendo- "Hablo de mi vida. Necesito hacer algo más".

-"Pero cariño..."-levantas los dedos y empiezas a enumerar- "Trabajas fuera jornada completa. Llevas la casa prácticamente tú sola. Haces trabajos manuales. Pintas. Sales a divertirte cuando quieres. Lees libros en los tiempos muertos. Eres miembro de la Cruz Roja. Acabas de terminar un módulo de Formación Profesional. En los últimos meses te has presentado a tres oposiciones"- Dios, pienso mientras hablo, si me canso sólo de decirlo ¿qué le ronda ahora en la cabeza -"¿Qué más quieres? No hay tiempo material para todo en la vida, querida".

-"Quiero trabajar"- dice sin pestañear.

-"¿Trabajar? Pero si ya trabajas. A tiempo completo. Más aún, trabajas 98 horas a la semana una semana sí y otra no ¿En qué más quieres trabajar?"

-"En la administración. Me voy a apuntar a las bolsas de susticiones del hospital de Albacete, de el de Hellin, de el de Villarrobledo, del SESCAM y de la Diputación. Con las notas que saqué en las oposiciones, este verano seguro que hago sustituciones".

-"¿En el verano? ¿y las vacaciones, qué?

-"¡Bah! De todas formas nunca quieres ir a ningún lado..." y da la conversación por terminada.

Dado que en los últimos cuatro años hemos hecho más de ochenta mil, como suena, kilómetros en moto, eso de que nunca quiero ir a ningún sitio, como que me duele un poco... pero para qué liarla más. Agacho la cabeza y elevo una plegaria a los dioses del INEM para que sean benevolentes con la estabilidad familiar.

Llegó el verano y, efectivamente, la llamaron de tres sitios, tres, casi simultáneamente.

-"He decidido que voy a trabajar en el CAMP. Todo el mundo dice que es lo más duro. Es un reto personal, que si puedo con eso, puedo con lo que sea.

El CAMP, Centro de Atención de Minusválidos Psíquicos, es el centro con peor fama de todos. Es el que tiene un porcentaje mayor de abandonos, depresiones y renuncias por parte del personal, a pesar de lo alto de sus sueldos. En él están ingresados los casos más desesperados de la parte más desafortunada de la humanidad Castellano-Manchega. Ella ha decidido que va a empezar por lo difícil. "Tiembla CAMP, que la Consu va para allá", me digo a mí mismo...

-"Pero qué vas a hacer con el otro trabajo?"- y con esa pregunta, compañeros, mi vida dio un cambio. Ella sonríe. Se le encienden los ojitos y, con la expresión del mago que empieza a mostrar la punta de las orejas del lepórido sobre el borde de la chistera, saca un papel doblado en cuatro del bolsillo.

-"Mira, tengo un cuadrante".

Y despliega el papelito en cuestión. Contiene una cuadrícula-calendario bimensual llena de anotaciones en dos clases distintas de tinta azul y una de lápiz dureza HB, calculo por lo gris de los trazos.

-"¿Ves?"-Señala con el dedo un cuadrito lleno de cosas ilegibles y tachaduras.-"Este día estoy de tardes y éste también. Puedo doblar turno y aquí"- el dedo salta adelante y atrás a una velocidad endiablada- "y aquí. Como aquí me coincide con las vacaciones del otro sitio no tengo problema para hacer este turno y este. Pero tengo que pedir un favor en esta tarde y como aquí hago esta noche luego libro aquí y aquí y me he pedido los asuntos propios para este día y éste y así esta noche no tengo que cambiarla a nadie y...

Yo no me enteraba de nada, compañeros ¿Vosotros os habrías enterado en mi lugar? Puntualizo los pertinentes "Sí, claro, muy bien pensado y qué guay", mientras intento dibujar en mi mente una imagen de lo iba a ser la vida familiar durante este verano. No lo consigo. Bueno, me digo. Iremos paso a paso cruzando los puentes cuando lleguemos a los ríos.

No contaré nada aquí de sus experiencias en el CAMP, que estando los usuarios, en sus palabras, "muy tulliícos, muy tulliícos", no es un tema agradable. Aunque no me resisto a mencionar la anécdota de aquél usuario que iba por el pasillo farfullando y a la pregunta de "¿Pero qué dices? que no se te entiende nada" contestó aquello de "Es que tengo una polla en la boca", o la de la usuaria Mariloli, que cuando el Consejero de Sanidad visitó el centro se empeñó en cantarle aquél villancico que dice:

"Por el camino que lleva a Belén
viene una puta que no lleva sostén
los pastorcillos se la quieren joder
pon porronpon, pon, pon, porrompon, pon, pon".

Baste saber que es un trabajo duro, pero que mi mujer lo es más. Sin embargo, compañeros, si debo contar que también es dura la vida del grumete que no sabe dónde se dirige el barco. El capitán no le consulta y si lo hace él no entiende de navegación. Llevo dos meses preguntando cada día sobre el futuro y destino que nos aguarda en el horizonte cotidiano. Cada vez ella saca El Cuadrante de su bolso, bolsillo o sujetador, que en todas partes lo lleva (a veces me pregunto si ha hecho copias) y vuelve a soltar la diatriba de arriba... cada vez más corta, gracias a dios y al paso del tiempo.

-"¿No te acuerdas de que aquí libro y mañana entro de tardes y pasado doblo turno mañana-noche?"

-"Ah.. sí, claro" -es mi respuesta habitual. Pero por dentro empiezo a odiar ese papelito diabólico que gobierna mi vida y la de toda la familia.

"Tío mñna slmos cn ls mts, ok?". Dice el SMS de los colegas. "Espera que le pregunte a la Consu para que mire el cuadrante" contesto yo, desperdiciando un montón de letras.

-"El 10 de Septiembre Almuerzo Motero en la sierra", dice un colega que me llama a ver cómo voy.

-"No sé cómo está el cuadrante. Luego te llamo"- respondo.

La vida gobernada por un cuadrante, compañeros, puede ser muy dura. Nos vemos a ratos perdidos en días aleatorios en momentos fugaces entre actividad y actividad. Nos amamos a golpe de SMS. "tqm, petarda" puede ser todo lo que tenga oportunidad de decirle a lo largo de tres días de frenética cuadranticidad. "Yo a tí, pedorro. El martes hablamos." la respuesta obtenida entre turno y turno.

El consuelo general es que estos meses va a ganar un pastón, con permiso de hacienda. No ha habido reforma este año... pero ¿cuántos desórdenes medioambientales, cuántos cambios, escombros y carretillas arriba y abajo, se están gestando con ese dinero?.
Sean los que sean, os mantendré informados, estad seguros.

En la foto el calendario Azteca. Un juego de niños al lado del de la Consu.

24.8.09

Confirmado

Confirmado. Ya es oficial. El pobre Sanguinolento Romeo estaba de los nervios aquél día.
Hoy he descongelado y cocinado los filetes de cabezón, aquellos que se pidieron con un:
"Me pones dos cabezones, uno entero y otro a filetes"
y se sirvieron a golpe de :
"Los filetes hay que cogerlos de las bandejas, que ya los tenemos cortados, pero no se preocupe, para que no se moleste yo se los corto ahora mismo, señora"

y los filetes los había que tenían tres dedos en un extremo y transparentes en el otro. A alguno se le notaban los golpes de la cuchilla con más de un centímetro entre golpe y golpe...

Me preocupa el pobre hombre. Si no tiene más cuidado con la cuchilla acabará sirviendo filetes a mi dueña al grito de "Manco, sí, pero manco enamorado"...

28.7.09

Sanguinolento Romeo


Como los del Carrefour de Albacete se han subido a la parra, han empezado a abrir tiendas satélite en el barrio donde antes reinaba. Un mercadona y una tienda llamada “La Casa de la Carne”, mezcla de carnicería y frutería, están siempre llenos mientras que el parking del Carrefour sólo tiene un puñado de tristes coches al sol.
A mi mujer le gusta La Casa de la Carne. “Fíjate”, me dice, “que en una compra mensual me ahorro casi cincuenta euros sobre los precios del Carrefour”. Por tanto, nada más abrir el establecimiento se hizo asidua clienta y todos los meses se acerca un par de veces a llenar el carrito de carne que luego congelamos en un arcón enorme.
Lo malo de este chollo es que en seguida corre la voz, y La Casa de la Carne comenzó a tener cuatro filas de clientes sudorosos en espera. Buenos comerciantes, los carniceros, ampliaron el número de dependientes, o sea de carniceros, y todo arreglado. Casi.
Entre los nuevos dependientes hay un sudamericano bajito en lo mejor de la cuarentena que hace ya unos meses quedó totalmente prendado de mi mujer.
Yo me enteré el día que volví a casa del trabajo y me la encuentro muerta de risa en la cocina.
“He ligado en la carnicería, no te lo vas a creer”, me dice como preámbulo entre risitas. “Fíjate que hasta me he puesto colorada y todo... ¡qué pava!”.
Al parecer ella notó que mientras estaba esperando el carnicero no le quitaba ojo de encima cuando atendía a otras clientas. Luego hubo una serie de movimientos extraños en el orden de la cola y al final se vio atendida por él. Tras unos comentarios sobre el tiempo y la cantidad de carne que compraba, subrayados de sonrisas deslumbrantes y miradas intensas, el hombre no se pudo resistir: “Pues mira que comen carne en casa... ¿es usted casada?”, preguntó con cierta esperanza en la voz. Ella se apresuró a ponerlo al día en lo que a su estado civil se refiere y en el número de carnívoros con los que convivía, mientras un saludable color rojito se adueñaba de su cara.
“¡Qué vergüenza! No pienso volver por ahí”, exclamó como colofón a su historia.
“No seas pava.”, le digo,”Tienen la mejor carne de los alrededores y fíjate qué precios la ternera. Si le gustas, pues mejor para él, le alegras el día y a lo mejor te trata bien en la cesta”.
Aclarar aquí que siempre me ha encantado y me ha dado risa el ver cómo otros hombres se ven afectados por mi santa. Al fin y al cabo, yo fuí uno de ellos hace treinta años y aún lo sigo siendo. ¿Cómo no sentir simpatía ante esos ojos fijos y esas bocas babeantes?
Así y todo la vez siguiente me hizo acompañarla en la compra para demostrar al carnicero enamorado que la existencia del marido era totalmente real. En su honor destacar que cuando nos presentó la sonrisa del hombre no encogió ni medio centímetro.
Una vez hechas las presentaciones, la cosa volvió a su ritmo normal, un par de veces al mes llenamos el arcón de carne. Sin embargo el sanguinolento Romeo, no se ha dado por vencido. Tiene el tesón de los sudamericanos en lo que a las mujeres se refiere y eso de los estados civiles no parece ser ningún obstáculo insalvable para él. Por tanto el hombre siguió todas las veces desplegando toda la blancura de sus dientes y el brillo de sus ojos al tiempo que le pone en la bolsa las mejores piezas de carne de la tienda.
Un día, la semana pasada, caí en la cuenta de que hacía mucho que en casa no aparecían aquellos gloriosos filetes de ternera. “¿Es que ya no vas a la casa de la carne?”, le pregunto a media comida.
“No”, contesta, “que la última vez que fuí detecté cierto cachondeíto con los demás carniceros. O se han dado cuenta solos o él les ha dicho algo, pero la última vez como que me miraban todos y eso no es normal”.
Como tampoco me gusta que pase malos ratos pues no insistí en el tema. Sin embargo ese mismo sábado estuvimos de compras y pasamos por la puerta de La Casa de la Carne.
“Cariño, tenemos que comprar carne y a mí me apetece un asado de codillos, ¿por qué no entramos aquí? Son más buenos y baratos que en el Mercadona”. Sugiero.
“Es que fíjate que escote llevo. Lo mismo salta el mostrador y todo.” Me dice no sin cierto malvado brillo en los ojos.
Ya os he hablado alguna vez del demoniete que mi mujer lleva dentro. Normalmente lo controla muy bien, pero si se siente respaldada por mi presencia a veces lo deja salir a pasear. Entonces se le encienden los ojitos y su sonrisa tiene unos poquitos dientes más que de costumbre. ¡Ay del que se cruce en su camino en esas ocasiones!
“¡Bah! Seguro que me ve tan grande que duda antes del salto. Prometo poner cara de malo y sólo salir corriendo si cuando salta lleva el cuchillo entre los dientes”. Bromeo.
El caso es que entramos en la tienda. Hay tres filas de clientes en el mostrador de la carne y ni rastro del sanguinolento Romeo. Tras un rato, me dice: “Para ahorrar tiempo, compra tú la fruta y las demás cosas mientras yo espero”.
Así lo hago y en los siguientes minutos me dedico a recorrer mostradores y expositores. Justo cuando estaba entre la caja de “Manzanas Starky 1.15 € el kilo” y la caja de “Paraguallas Dulces 1,35€ el kilo”, contemplando el cabreo que pilló otro sudamericano, paraguayo de origen, supongo, ante la ortografía de su toponímico, se me ocurrió mirar hacia el mostrador. En ese momento aparecía Romeo desde la trastienda cargando varios costillares de cerdo. Echa un vistazo a la clientela, como sorprendido de la cantidad que hay y, de repente, se le ilumina el rostro en una sonrisa que hace que todos los de la cola se pongan las gafas de sol.
Acaba de verla a ella.
Y a su escote, supongo.
No puedo evitarlo. Me cruzo de brazos con aire de marido aburrido y me medio escondo entre una columna y unas cajas vacías de Manzanas Starky dispuesto a no perderme ni un gesto de todo el baile.
Durante los siguientes 10 minutos o así, la cola va avanzando mientras los carniceros cantan los números a una velocidad endiablada. Hay media docena por lo menos. Sería una casualidad enorme que le tocase el Romeo a mi churri. Romeo atiende a una señora, a dos, y mientras lo hace, cada vez que la actividad no pone en peligro sus dedos, clava los ojos en mi mujer. “Se va a anudar un dedo a la bolsa”, me digo, mientras falla tres veces seguidas en hacer el nudo sin mirarse las manos.
Finalmente, no puedo detectar cómo exactamente, es él quien canta el número 71, que es el que lleva ella.
La sonrisa se ensancha un poquito más, si aún es posible, y le guiña un ojo mientras señala un extremo del mostrador, el del pollo, menos concurrido que el resto. Desde donde estoy puedo constatar cómo el hombre se luce. Saca los mejores trozos de carne y se los presenta con los mismos gestos que el dependiente de Tíffany's enseñándote las joyas de la corona real inglesa. Inclina la cabeza como un galán de los años 30 posando para su book mientras le guiña un ojo de complicidad en el convencimiento de que lo que le da es lo mejor de lo mejor.
Ella le pide muslos de pollo. Cuando él los está cogiendo inclinado sobre el mostrador, ella pregunta:
“¿Me puedes abrir los muslos un poquito? Los quiero para el horno”.
Puedo ver cómo el hombre respinga y se endereza de golpe. Tanto que enreda la cabeza con las ristras de longaniza roja que cuelgan encima de él y durante un momento la mira intentando adivinar el número de intenciones de la frase mientras parece un rastafari que acaba de meter los dedos en el enchufe. La inocente sonrisa de ella le demuestra que el número de intenciones se reduce a uno. Por lo que se pone a abrir muslos como loco.
"Se amputa un dedo, seguro",me apuesto a mí mismo al ver cómo sigue mirando de reojo a mi santa mientras lo hace.
Aquí puedo ver cómo es cierto lo del cachondeíto. Primero uno, luego otro, y más tarde otro de los carniceros se acercan a la pareja y hacen algún comentario a mi mujer de esos que van dirigidos a él.
“Parece que hace calor hoy”, dice uno de ellos. Dado que estamos como a 41 grados centígrados, el comentario a lo mejor habla de otra case de calor, el que siente el pobre Romeo, que ha empezado a sudar a pesar del frío que sube del mostrador refrigerado.
Pero al hombre no se le puede negar la moral. Cuando cesan las visitas de sus compañeros continúa con su amable amabilidad.
“Debería usted comprar menos”, dice.
“¿Por qué?”, pregunta, cándida, mi mujer.
“Porque así vendría más a menudo... y no tendría que llevar tanto peso”, aclara él.
“No si yo me apaño bien”, dice ella.
“...¿Y ahora, en verano, a qué piscina va usted?” pregunta él.
“A la de Chinchilla, que es más tranquila” contesta ella rápida, sin aclarar que hace por lo menos dos años que no vamos a ninguna piscina.
“¿Y va usted con su marido?”, insiste él.
“Sí, claro”, contesta ella veraz. “Pero a veces voy con unas amigas”, miente descarada. Él vuelve a desplegar su encantadora sonrisa. "Los de Chinchilla van a aumentar su clientela", me digo.
Pero la situación no da para más. Mi santa esposa lleva ya más de 20 kilos de carne y hay otras clientas esperando. Como última gracia el hombre coge él mismo las bolsas, sale del mostrador y se las coloca en el carrito.
Adiós hasta la próxima. Adiós muy buenas.
Ella se gira hacia la salida y me busca con la mirada. Me saca la lengua al verme muerto de risa abrazado a la columna y se dirige a las cajas agitando su melena al andar.
Cuando se entere de que lo he subido a Internet, me temo que voy a estar sin probar la ternera mucho tiempo...

23.4.09

Colorines II

También he cambiado el diseño de este blog. No es que me disgustase el anterior, pero es que buscando modificar la fuente del Burrapatos me encontré esta plantilla que tiene casitas... ¿a que pega al tema?
Sólo confío que tanta balaustrada y ventanal no le den a ella ideas para más reformas. Sería el colmo...

1.3.09

Mi mujer y Platón: dos patas para un banco


Hace unas semanas se discutía, no sé donde, el tema de cómo los distintos se atraen mientras que los iguales acaban pidiendo los papeles del divorcio hartos de chocar uno con otro en tantos lugares comunes. No es una teoría a la que me apunte al 100 por 100, pero de cómo los opuestos se complementan y completan, dejadme que os cuente una anécdota:


La camarera es bajita, pelín, pelín regordeta y con un acento marroquí no demasiado marcado. Una sonrisa blanca contrasta con el moreno de su piel bajo un tupé orgulloso y desafiante. Es una auténtica preciosidad de ojos brillantes ante los cuales, imagino, sólo soy otro cliente de mediana edad, gordo, canoso y solitario.

Los compañeros de trabajo lo han intentado, me han acogido todo lo acogedoramente que se puede acoger a un compañero de trabajo que se ha desplazado a tu ciudad. Me dan conversación y comen y cenan conmigo en los baretos que tienen buen menú y que sólo ellos conocen, como buenos guías nativos de la ciudad que me toca visitar. Pero no pueden evitar, no serían humanos si lo hiciesen, las furtivas miradas a los relojes, las llamadas de teléfono y las referencias en su conversación a una vida privada que les pide ser atendida.

El tema es que al final, después de dos o tres días, te encuentras cenando solo en uno de esos baretos y así continúa siendo hasta que vuelves a casa. Hoy es el cuarto día, espero que el último, que paso en esta ciudad instalando y configurando ordenadores y sistemas a toda pastilla. Empiezo a ansiar volver a casa, a sentirme solo y a dejarme llevar por cierto estado de desarraigada melancolía de tanto verme solo en lugares públicos.

La camarera pasa por mi lado en dirección a la barra y no puedo menos que fijar mi vista en la complicada y elemental danza de sus caderas. Son un pelín gruesas de más y le falta definición en el trasero. Mi chica está más buena...

... y en aquél momento, como sucede a veces, nació un poema en mi interior. Veréis, la poesía es algo con lo que coqueteo de vez en cuando. Estrictamente en privado y sólo para mis ojos (y los de mi hijo mayor, pero eso es otra historia). No soy ni seré un buen poeta. No tengo ni la pasión ni la paciencia para elaborar buenos poemas pero amo las palabras. Hay veces que una frase, una palabra sola, se aferran a mí me invitan a bailar con ellas.

En este momento no tengo lápiz, por lo que repito en mi interior una y otra vez los dos versos que me han venido a la mente. Es un poema platónico, en el más puro sentido de la palabra. ¿Recordáis el mito de la caverna de Platón? Permitidme que os lo refresque. Pido perdón por el rollo, pero es que no puedo dejar que el poema hable sólo, ya que no está -ni estará nunca me temo- escrito:

Intentando ilustrar su convencimiento de que la perfección está en el mundo de las ideas y de que lo que llamamos realidad no es sino un reflejo de aquella perfección, Platón creó una imagen bastante poética en la que el ser humano es una especie de espectador en un cine cósmico: Imaginad unas personas que han sido encadenadas en una caverna mirando la pared del fondo desde su nacimiento. No pueden girar la cabeza y todo lo que ven son las sombras de las cosas reales que se pasean por la boca de la cueva. Al ver una sombra de un caballo la llamarían “caballo” inconscientes de que no es el auténtico caballo, real y perfecto....

Bien, pues mirando aquellas caderas bailando frente a mí, sentí ser en cierto modo uno de esos seres: Todas esas mujeres que pasaban frente a mí no eran más que sombras de la única mujer real de mi vida, toda esa promesa que lleva en sí misma cada mujer apenas un vago reflejo de la promesa hecha realidad que paseaba por la boca de la caverna de mi vida.

Pido un café y observo a mi camarera, y a sus caderas, alejarse hacia la barra mientras mi espíritu se emborracha de palabras y emociones. Unos versos difusos rondaban mi mente y comienzo a jugar con ellos mientras tomo el café.

“...y aquí, encadenado frente al estúpido muro de la distancia,
todas las caderas son tus caderas,
todas las mujeres tu reflejo...”

Salgo del bareto con Platón cogido del brazo y una nube de palabras revoloteando como mosquitos insistentes sobre nuestras cabezas. En esta ciudad de provincias las 11 de la noche de un jueves es el desierto más puro. Ha llovido y el sonido de mis pasos rebota por las paredes de las calles estrechas y juega con los charcos... Entre tanto verso, metáfora y prosopopeya interior me siento más dulcemente sólo y melancólico que nunca: El mundo es un laberinto solitario y mojado donde soy el único ser vivo que se mueve entre fantasmas platónico-cavernícolas, los gatos son mis compañeros y las nubes el límite de mi horizonte...

... y me suena el teléfono.

Doy un respingo y desciendo de mi nube de adolescente poesía.

Es ella.

“¿Que haces?” me pregunta

Yo intento transmitirle algo de esa agridulce poesía que su ausencia despierta en mí y le digo en modo misterioso mientras Platón me guiña un ojo:

“Acabo de terminar de cenar en un bar donde todas tenían tus caderas y tus pechos.”

Una avalancha de "realidad de la buena" surge del teléfono:

“¡¿Otra vez pensando en tetas y culos?!” - exclama entre pícara y divertida. Yo miro a Platón y me encojo de hombros. -“¡Vaya guarrete que estás hecho! - continúa. Platón recoge su toga y los restos de dignidad que le quedan y se pierde caverna adentro. -"En cuanto te pille mañana te voy a apañar para una temporada, que no te puedo dejar sólo, cerdito mío.” - Las metáforas huyen despavoridas calle abajo lanzando grititos de horror. Mientras, ella sigue lanzándome ladrillos de realidad:

“Oye ¿dónde está la carpeta con cheques de Adeslas? Que tengo que llevar al chiquillo al médico mañana y no la encuentro...” -Los gatos se esconden tras los contenedores y desde allí me miran entre asombrados y compasivos- “Esta mañana he ido a echar gasolina y la tarjeta no me funcionó...” - La melancolía presenta su dimisión y se pira de un portazo.

“Mira que eres bestia” -no puedo menos que decirle- “¿No ves que era algo poético?”

“¿Poético?¡Anda ya! que todas tus poesías acaban siempre en las tetas, jodío...”

No recuerdo el resto de la conversación, tan sólo que llegué al hotel con una sonrisa bien real en la cara y que dormí toda la noche de un tirón.


Queda ilustrado el tema: Ni somos iguales ni maldita falta que hace. Ella no es perfecta, no, pero en este crucero por la vida es un ancla a la realidad real -perdóname Platón- absolutamente necesaria para alguien como yo, tan dado a perderme en mundos abstractos.

28.2.09

Sonata I


El vendedor de coches tiene un resfriado de caballo. De caballo resfriado, por supuesto. Lleva una bufanda de color granate que le abriga el cuello e intenta mantener los congestionados ojos abiertos mientras se le cierran bajo la luz de los cinco millones de tubos fluorescentes del enorme concesionario de Hyundai.

-Este es Jorge, mi marido. Este es Jose, mi vendedor de coches-, nos presenta mi mujer.

Yo estrecho su mano mientras recuerdo aquello de que los resfriados se contagian con las manos y él emite algún sonido nasal indescifrable.

Después suena el teléfono de mi esposa que se retira un poco mientras le cuenta a no sé quién que “nos” estamos comprando un coche en ese preciso momento. Se produce un incómodo silencio entre el pobre vendedor y yo.

Aprovecho para preguntarme cómo he llegado a verme metido en esta situación sin comerlo ni beberlo.

Hace dos días yo sólo quería ver el rugby tranquilo frente a la estufa, perdón, chimenea, con una copita de buen coñac en la mano. Cuando llegué a casa después de una comida de empresa, ella se había ido a hacer no sé qué compras con mis hijos mayores. Faltan unos pocos días de nochebuena y yo tenía unos días de vacaciones. Me había prohibido pasar a menos de cinco metros de ningún ordenador durante esos días para combatir el estrés. Estaba sólo en casa y tenía grabado el colosal Munster contra Leicester de la TDT, la chimenea llenita de troncos y toda la tarde para mí. Un lujazo, oiga.

Apenas llevan unos minutos de juego, a Leicester todavía le estaba costando centrarse en el partido y Munster presiona como sólo ellos saben con su pesada delantera, cuando se abre la puerta de la calle y oigo voces y risitas. Muchos años de convivir con ella me han levantado una serie de alarmas bien afinadas. No son risitas normales -¡Warning!¡Warning!- pero no consigo identificar la clase de peligro que me acecha. Comienzo a buscar excusas para decir que no al plan de ir de juerga o algo así que, sospecho -iluso de mí-, que me traen preparado.

Se demoran en la entrada. Malo

Finalmente entra ella con una sonrisa entre temerosa, avergonzada y malvada de oreja a oreja. Sujeta algo a su espalda y emite más risitas indescifrables. Se mantiene a unos prudentes dos metros de mí -más Malo, más Warning-. Mis hijos no pasan al salón, se quedan en la entrada con una sonrisa dubitativa en la cara -Peor-. Ella abre el fuego:

-¡Cariño!¿A que no sabes que he hecho?

Mis alarmas interiores pasan de “¡Warning!¡Warning!” a “¡Danger, Coño!¡Danger!”

-No-. Miro por encima de su hombro a mis hijos. Han retrocedido un paso más. Cobardes.

-¡Te vas a reír cuando te lo diga!- dice.

-Lo dudo ¿Qué escondes ahí detrás?

Retrocede un paso más -Las alarmas pasan de “¡Danger, danger! a ¡Joer, joer!”-y repite sin perder la sonrisa:

-¡Adivina lo que me he comprado!

-¡Yo qué sé! Déjate de acertijos y dime lo que llevas ahí detrás.- le digo mientras pienso, ay, que si lo lleva en la mano no puede ser muy caro.

-¡Un coche!¡Me he comprado un coche!¡Un Hyundai Sonata! ¿Qué te parece?

Un cierto eco de un rumor de cafeteras cayendo del cielo parece venir de la tele. La miro y mi subconsciente percibe que Munster acaba de ensayar y me lo he perdido.

Ella me mira. Soy consciente de que se espera de mí apoyo, no permiso. Si manifiesto desacuerdo, malo, si falsa alegría, peor. Se espera de mí algún tipo de reacción. Lo sé. Pero ¿qué decir sin ser sarcástico? Además hay algo raro en ella y en mis hijos... algo no cuadra del todo, pero no lo identifico de momento.

Personalmente no creo que necesitemos un coche nuevo. Cierto que el pobre Accent está bastante cascao de chapa y pintura, pero de motor va bien, aunque haya perdido fuerza después de los 240.000 kilómetros. Y de mecánica para qué decirte, dejando a parte ese ruido horrible que hace la caja de cambios en primera y segunda, va como la seda... No, definitivamente no creo que sea momento de cambiar de coche, que estamos en plena crisis, coño.

Ella sigue esperando aunque su sonrisa empieza a titubear. Mis hijos retroceden otro paso en la entrada, están ya casi en el pasillo. Si no digo algo pronto acabarán metidos en el cuarto de baño.

-Bueno... tú misma. Si crees que lo puedes pagar-. Digo en el tono más neutro que puedo encontrar en mi interior.

-¡Es que es precioso!- dice mientras su sonrisa se reafirma en tamaño, calidad y brillo- Tengo los folletos ¿Quieres verlos?- y saca, al fin, las manos de detrás de la espalda. Varios papeles y folletos me miran desde los dos metros de distancia que ella todavía no se a atrevido a disminuir.

¡Ah, no!¡De ninguna manera! Si entro a hablar de dinero, de prestaciones y de colores, estoy dando por sentado la premisa mayor, a saber: "¿Hay que comprar un coche?" No puedo entrar en su juego, todavía no, al menos.

De mi hijo sólo puedo ver un ojo y media nariz entre la penumbra de la entrada. Intuyo, por ello, que algo tiene que ver en el tema, pero no pregunto nada, ya me enteraré. Sin duda.

-No. Ya veré el coche en persona cuando te lo den... si es que lo compramos.

Inmune al desaliento avanza, por fin, los dos pasos que la separan de mí y se sienta en el sofá. Mis hijos aprovechan para entrar en el salón con sus sonrisas bien anchas. Es una encerrona en toda regla y hay algo que me sigue pareciendo raro, que no cuadra...

De pronto, al ver a mi hijo mediano, percibo lo que no me cuadraba, el elemento extraño no identificado. Alcohol. Mi hijo mayor parece normal, pero el mediano ha bebido y su madre también.

¿Se ha ido a comprar un coche yendo medio pedo? No me lo puedo creer...


(Continuará...)

3.2.09

Palillos Chinos.- El secreto de la Juventud Eterna

El restaurante chino está decorado en cierto estilo minimalista con toques más japoneses que chinos. Se llama “El Templo de Bambú” y dado lo temprano de la hora está totalmente vacío.
Entro huyendo de la lluviosa noche de Guadalajara, donde me ha sumergido un viaje de trabajo y me acomoda en una coqueta mesita una chinita diminuta que habla un chino con acento gallego o algo así.

“¿Mesa pala uno?¿Sí?”. Sí.”

“Sopa de aleta de tiburón, tallarines con gambas y ternera con cebolla, por favor”- le sonrío mientras le devuelvo la carta.

“¿Selvesa?¿Bebel?”

“Sí, gracias”.

Es sólo después de que se ha marchado a la cocina que me doy cuenta de que junto al cuchillo hay dos palillos de madera en una especie de sobrecito de cartón con instrucciones de uso.
“¡Hombre!”, me digo a mí mismo. “Esta va a ser la noche”

Últimamente los de los palillos chinos se ha convertido en una especie de asignatura pendiente entre yo y la vida. Mis hijos, sin que aparentemente nadie les haya enseñado comen con ellos como si fuesen cantoneses o shangaienos.

“Se nota que naciste antes de los 70 si prefieres hablar a la cara en lugar de al Messenger y el tenedor a los palillos”, sentencia un powerpoint de esos que circulan por correo, pero mi hermano el de Alicante, sólo cinco años menor que yo, come con los palillos como si no hubiese ningún peligro de sacarse un ojo con ellos.

He hecho algún intento cómico en casa con mis hijos y he descubierto que los orientales tienen los ojos entrecerrados por generaciones de comer con el peligro de sacarse un ojo en un golpe de tos o algo. No es lo mío, pero... ¿viejo yo?

“Esta noche va a ser”. Miro fíjamente los palillos de marras mientras doy cuenta de la sopa de aleta con esas ridículas cucharas de cerámica que te ponen. ¿Viejo yo?, ¡Vamos, hombre!

Los tallarines, vamos con ellos.

Son redondos, más espaguettis que tallarines y bastante secos, lo cual, opino, es un punto a mi favor. A menos resbaladizos, más fricción y posibilidades de éxito, presumo.

A ver... primer palillo encajado entre la base del pulgar y la yema del anular. Segundo palillo sujeto con la yema del pulgar y la base de la uña del dedo corazón. El índice artísticamente colocado detrás del corazón, con la gracia de un maestro violinista que sabe lo que hace.
Hundo los dos extremos en la masa de tallarines e intento unir las puntas redondeadas una con otra.

No se puede, la masa es demasiado espesa. Mejor. Estiro hacia arriba como con un tenedor de dos puntas y miro cómo un cuarto de kilo de pasta se yergue y levita entre el plato y los palillos. Una cobra llena de salsa que se alza un tanto agresiva hacia mi cara.

Abro la boca dispuesto a descabezar a la serpiente de un artístico bocado y caigo en la cuenta de que he enredado la madeja de pasta hasta más de la mitad de los palillos. ¿Toca garganta profunda?¿He de empujar semejante masa por mi gaznate como una oca autocebada?. Poco a poco los palillos se pierden bajo mis asombrados ojos bizcos mientras noto la pasta entrar por mi boca.

Cuando estoy a punto de pincharme la campanilla cierro los dientes y saco los palillos...
Y de pronto estoy en problemas: Los palillos se me han descolocado de su inteligente posición en la maniobra y, no sé cómo, los sostengo como una batuta doble mientras de mi boca cuelga una cinta de espaguettis balanceantes que amenazan con aplastarse contra mi pecho y que...¡queman!¡Abrasan!

La puta serpiente metafórica me está picando con toda su mala leche en toda la lengua. ¿Qué hacer?
Opto por descabezar al jodido monstruo cerrando los dientes mientras lagrimeo de dolor. Trago la hirviente masa que me abrasa la garganta en su camino mientras resoplo por la nariz.

Lagrimeo y siento cómo me arde la cara y las orejas por el esfuerzo. Sigo sosteniendo los palillos del demonio en mi puño cerrado apuntando al cielo por encima de mi cabeza cuando me doy cuenta de que la chinita me está mirando con los ojos más redondos que Luis Amstrong el día que se sentó por error sobre su trompeta.

Sorbo por la nariz, recoloco los palillos entre mis dedos, un tanto agarrotados, la miro y le sonrío. Da un respingo y se pierde por la esquina de la cocina. Sigo estando sólo en el comedor, pero ahora se oyen voces excitadas en la cocina.

Desde ese momento en adelante, no seré más específico, toda la familia china y algún que otro vecino, sospecho, fueron asomando como quien no quiere la cosa, sus anchas y planas caras por la esquina del pasillo que llevaba a la cocina en un intento, supongo, de catalogar al monstruo devorador de palillos...

Yo a lo mío. Enfrento lo que queda de la masa retorcida de pasta en el plato y observo que hay gambas peladas y enroscadas entre los espaguetis. Pruebo a coger una con toda delicadeza con la punta de los palillos. Resbala. Intento apretar un poco más y los palillos se cruzan mientras la gamba rueda por el borde del plato, cae al mantel y reposa, muy satisfecha de sí misma en la base de la copa de “selvesa”. ¿La cojo? Pruebo. Resbala. Cambio los palillos de posición y pruebo otra vez. Resbala.

De la cocina vinen risitas, pero no alzo la cabeza para ver si estoy relacionado con ellas (Después de todo los chinos también tienen derecho a ser felices y a reír por motivos puramente chinos, supongo). Finalmente consigo unir las puntas de los palillos sin que se crucen. El problema es que la puta gamba no está entre ellas. Da igual. La pincho con los dos palillos a la vez, como un picador vengador a un toro que se ha escapado del ruedo y me la llevo a la boca con aires de superioridad. Imagino que a la distancia que hay desde mi mesa al pasillo de la cocina puede parecer que llevo a la gamba pinzada y no atravesada...

De repente todo parece cuadrar. Si estiro el dedo índice recto, a modo de antena (palillos inalámbricos, me digo) y sujeto fuerte los dos palillos con sólo tres dedos, no se cruzan, no resbalan y dispongo de cierto juego de movimiento como pinza. Pillo unos pocos tallarines y me los llevo a la boca. Conejudo. Pinzo una gamba, ahora sí, y me la como. Más espaguetis. Guay.
Mientras mastico, observo mi alrededor con cara de hombre de mundo, de hombre joven de mundo, para ser más preciso. Más espaguetis, más gambas. Esto empieza a ser rutinario. Si tan sólo no me doliese tanto la mano, hasta sería aburrido.

Con gesto casual estiro los palillos hacia el plato de ternera con cebolla cortada en tiritas que me aguarda al otro lado de la mesa. Las tiritas de ternera son algo rígidas, lo que facilita su pinzamiento sin mayores problemas. Pillo una tira de ternera que lleva en su extremo colgando un arito de cebolla. El conjunto palillos, ternera, cebolla y mano inicia su periplo destino mi boca. Todo va bien, pero al estirar la mano algo cambia en la rígida posición de mis dedos y los palillos de pronto se vuelven a cruzar. La tirita de ternera no cae, tan sólo, impulsada por los palillos efectúa un gracioso giro de 270 grados en sentido anti-horario volviendo a quedar atrapada en el punto en que los palillos se cruzan.

La cebolla no es tan afortunada, impulsada por el giro de la ternera a modo de catapulta, efectúa un gracioso vuelo parabólico y cae sin hacer mucho ruido en el centro de mi copa de selvesa china. Plop. Se hunde graciosamente mientras las burbujas se amontonan a su alrededor.
Yo miro a mi alrededor. Nadie. No risitas. No ojos rasgados tras la esquina. Apuro lo que queda de vaso de cerveza y con uno de los palillos, previamente chupado para no dejar restos en el vaso, repesco el gracioso arito y me lo como. Que se joda, me había costado trabajo y no lo iba a desperdiciar.

En fin, valga como muestra un botón. Tan sólo os contaré que al final me comí todos los tallarines-espaguettis y toda la ternera con cebolla con los malditos palillos y que me sentí muy orgulloso de ello a pesar del pequeño cardenal en la base del dedo anular, las manchas en la camiseta y las gotas de salsa por el mantel. Demostré al mundo que soy cosmopolita, multicultural, abierto a las nuevas tecnologías y joven, sobre todo muy joven.

La próxima vez lo haré en un restaurante donde haya gente, que el mundo tiene derecho a disfrutar de mi destreza, faltaría más.